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viernes, 6 de marzo de 2015

COPLAS

COPLAS POR LA MUERTE DE SU PADRE

Jorge Manrique
(1440 - 1479)







Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte,
contemplando 
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte 
tan callando;
cuán presto se va el placer, 
cómo, después de acordado, 
da dolor, 
cómo, a nuestro parecer, 
cualquiera tiempo pasado 
fue mejor.

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido 
y acabado, 
si juzgamos sabiamente, 
daremos lo non venido 
por pasado. 
Non se engañe nadie, no, 
pensando que ha de durar 
lo que espera más que duró lo que vio, 
pues que todo ha de pasar 
por tal manera. 

Nuestras vidas son los ríos 
que van a dar a la mar, 
que es el morir, 
allí va los señoríos 
derechos a se acabar 
y consumir; 
allí los ríos caudales, 
allí los otros medianos 
y más chicos; 
allegados son iguales 
los que viven por sus manos
y los ricos. 

Dejo las invocaciones 
de los famosos poetas 
y oradores; 
non curo de sus ficciones 
que traen yerbas secretas 
sus sabores. 
A Aquél sólo me encomiendo, 
a aquél sólo invoco yo 
de verdad, 
que en este mundo viviendo, 
el mundo non conoció 
su deidad. 

Este mundo es el camino
para el otro, que es morada 
si pesar; 
mas cumple tener buen tino 
para andar esta jornada 
sin errar. 
Partimos cuando nacemos, 
andamos mientras vivimos, 
y llegamos 
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos 
descansamos. 

Este mundo bueno fue 
si bien usásemos de él 
como debemos, 
porque, según nuestra fe, 
es para ganar aquél que atendemos. Y aun aquel Hijo de Dios 
para subirnos al cielo, 
descendió 
a nacer acá entre nos,
y a vivir en este suelo 
do murió. 

Ved de cuán poco valor 
son las cosas tras que andamos 
y corremos, 
que, en este mundo traidor, 
aun primero que muramos 
las perdemos; 
de ellas deshace la edad, 
de ellas casos desastrados 
que acaecen,
de ellas por su calidad, 
en los más altos estados 
desfallecen. 

Decidme, la hermosura, 
la gentil frescura y tez 
de la cara, 
la color y la blancura,
cuando viene la vejez, 
¿cuál se paran? 
Las mañas y ligereza 
y la fuerza corporal 
de juventud, 
todo se torna graveza 
cuando llega al arrabal 
de senectud. 

Pues la sangre de los godos 
y el linaje y la nobleza 
tan crecida, 
¡por cuántas vías y modos 
se pierde su gran alteza 
en esta vida! 
Unos, por poco valer, 
¡por cuán bajos y abatidos 
que los tienen! 
y otros, por no tener,
con oficios non debidos 
se mantienen. 

Los estados y riquezas, 
que nos dejan a deshora 
¿quién lo duda? 
Non les pidamos firmeza, 
pues son de una señora 
que se muda. 
Que bienes son de Fortuna 
que revuelve con su rueda 
presurosa, 
la cual non puede ser una 
ni estar estable ni queda 
en una cosa. 

Pero digo que acompañen 
y lleguen hasta la huesa 
con su dueño; 
eso no nos engañen, 
pues se va la vida apriesa, 
como sueño. 
Y los delitos de acá 
son, en que nos deleitamos, 
temporales, 
y los tormentos de allá, 
que por ellos esperamos, 
eternales. 

Los placeres y dulzores
de esta vida trabajada 
que tenemos, 
non son sino corredores, 
y la muerte, la celada 
en que caemos. 
Non mirando nuestro daño, 
corremos a rienda suelta 
sin parar; 
desde que vemos el engaño 
y queremos dar la vuelta 
no hay lugar. 
Si fuere en nuestro poder 
hacer la cara hermosa 
corporal, 
como podemos hacer 
el ama tan gloriosa, 
angelical,
¡qué diligencia tan viva 
tuviéramos toda hora, 
y tan presta, 
en componer la cautiva,
dejándonos la señora 
descompuesta! 

Esos reyes poderosos 
que vemos por escripturas 
ya pasadas, 
con casos tristes, llorosos, 
fueron sus buenas venturas 
trastornadas, 
así que no hay fuerte, 
que a Papas y Emperadores 
y perlados, 
así los trata la Muerte 
como a los pobres pastores 
de ganados. 

Dejemos a los troyanos, 
que sus males non los vimos, 
ni sus glorias; dejemos a los romanos,
aunque oímos y leímos 
sus historias; 
non curemos de saber 
lo de aquel siglo pasado 
qué fue de ello; 
vengamos a lo de ayer, 
que tan bien es olvidado 
como aquello.

¿Qué se hizo el rey don Juan? 
Los infantes de Aragón, 
¿qué se hicieron? 
¿Qué fue de tanto galán?, 
¿qué fue de tanta invención 
como trajeron? 
Las justas y los torneos, 
paramentos, bordaduras 
y cimeras, 
¿fueron sino devaneos? 
¿qué fueron sino verduras 
de las eras? 
¿Qué se hicieron las damas, 
sus tocados, sus vestidos, 
sus olores? 
¿Qué se hicieron las llamas 
de los fuegos encendidos 
de amadores? 
¿Qué se hizo aquel trovar, 
las músicas acordadas 
que tañían? 
¿Qué se hizo aquel danzar 
aquellas ropas chapadas 
que traían? 

Pues el otro, su heredero, 
don Enrique, ¡qué poderes 
alcanzaba! 
¡Cuán blando, cuán falaguero 
el mundo con sus placeres 
se le daba! 
Mas veréis, cuán enemigo,
cuán contrario, cuán cruel 
se le mostró; 
habiéndole sido amigo, 
¡cuán poco duró con él 
lo que le dio! 

Las dádivas desmedidas, 
los edificios reales 
llenos de oro, 
las vajillas tan febridas, 
los enriques y reales 
del tesoro; 
los jueces, los caballos 
de sus gentes y atavíos 
tan sobrados, 
¿dónde iremos a buscarlos? 
¿qué fueron sino rocíos 
de los prados? 
Pues su hermano el inocente, 
que en su vida sucesor 
se llamó, 
¡qué corte tan excelente 
tuvo, y cuánto gran señor 
le siguió! 

Mas, como fuese mortal, 
metiole la muerte luego 
en su fragua. 
¡Oh juicio divinal!, 
cuando más ardía el fuego 
echaste agua. 

Pues aquel gran Condestable, 
maestre que conocimos 
tan privado, 
non cumple que de él se hable, 
sino sólo que lo vimos 
degollado. 
Sus infinitos tesoros,
sus villas y sus lugares, 
su mandar,
¿qué le fueron sino lloros? 
¿qué fueron sino pesares 
al dejar? 
Y los otros dos hermanos, 
maestres tan prosperados
como reyes, 
que a los grandes y medianos 
trajeron tan sojuzgados 
a sus leyes; 
aquella prosperidad 
que tan alta fue subida 
y ensalzada, 
¿qué fue sino claridad 
que estando más encendida 
fue amatada? 

Tantos duques excelentes,
tantos marqueses y condes 
y barones 
como vimos tan potentes, 
di, Muerte, ¿dó los escondes 
y traspones? 
Y las sus claras hazañas 
 que hicieron en las guerras 
y en las paces, 
cuando tú, cruda, te ensañas 
con tu fuerza las aterras 
y deshaces. 

Las huestes innumerables, 
los pendones, estandartes 
y banderas, 
los castillos impugnables, 
los muros y baluartes 
y barreras, 
la cava honda chapada, 
o cualquier otro reparo, 
¿qué aprovecha? 
Cuando tú vienes airada, 
todo lo pasas de claro 
con tu flecha. 

Aquel de buenos abrigo, 
amado por virtuoso 
de la gente, 
el maestre don Rodrigo 
Manrique, tanto famoso 
y tan valiente; 
sus grandes hechos y claros 
non cumple que los alabe, 
pues los vieron, 
ni los quiero hacer caros, 
pues el mundo todo sabe 
cuáles fueron. 

¡Qué amigo de sus amigos! 
¡Qué señor para criados 
y parientes! 
¡Qué enemigo de enemigos! 
¡Qué maestro de esforzados 
y valientes! 
¡Qué seso para discretos! 
¡Qué gracia para donosos! 
¡Qué razón! 
¡Qué benigno a los sujetos! 
Y a los bravos y dañosos, 
¡qué león! 

En ventura Octaviano, 
Julio César en vencer 
y batallar, 
en la virtud Africano, 
Aníbal en el saber 
y trabajar; 
en la bondad un Trajano, 
Tito en liberalidad 
con alegría, 
en su brazo Aureliano, 
Marco Atilio en la verdad 
que prometá; 

Antonio Pío en clemencia, 
Marco Aurelio en igualdad 
del semblante, 
Adriano en la elocuencia, 
Teodosio en humildad 
y buen talante. 
Aurelio Alexandre fue 
en disciplina y rigor 
de la guerra, 
un Constantino en la fe, 
Camilo en el gran amor 
de su tierra. 

Non dejó grandes tesoros, 
ni alcanzó muchas riquezas 
ni vajillas, 
mas hizo guerra a los moros, 
ganando sus fortalezas 
y sus villas; 
y en las lides que venció, 
muchos moros y caballos 
se perdieron, 
y en este oficio ganó 
las rentas y los vasallos 
que le dieron.

Pues por su hora y estado,
en otros tiempos pasados, 
¿cómo se hubo?
Quedando desamparado, 
con hermanos y criados 
se sostuvo. 
Después de hechos famosos 
hizo en esta misma guerra 
que hacía, 
hizo tratos tan honrosos 
que le dieron aún más tierra 
que tenía. 

Estas sus viejas historias
que con su brazo pintó 
en juventud,
con otras nuevas victorias 
ahora las renovó 
en senectud. 
Por su gran habilidad, 
por méritos y ancianía 
bien gastada,
alcanzó la dignidad 
de la gran caballería 
de la Espada. 

Y sus villas y sus tierras 
ocupadas de tiranos 
las halló, 
mas por cercos y por guerras 
y por fuerza de sus manos 
las cobró. 
Pues nuestro rey natural, 
si de las obras que obró
fue servido, 
dígalo el de Portugal 
y en Castilla quien siguió 
su partido. 

Después de puesta la vida
tantas veces por su ley 
al tablero, 
después de tan bien servida 
la corona de su rey 
verdadero, 
después de tanta hazaña 
a que no puede bastar 
cuenta cierta, 
en la su villa de Ocaña 
vino la muerte a llamar 
a su puerta. 

Diciendo: —Buen caballero, 
dejad el mundo engañoso 
y su halago; 
vuestro corazón de acero,
muestre su esfuerzo famoso 
en este trago;
y pues de vida y salud
hiciste tan poca cuenta 
por la fama, 
esfuércese la virtud 
para sufrir esta afrenta 
que os llama. 

"Non se os haga tan amarga 
la batalla temerosa 
que esperáis, 
pues otra vida más larga 
de fama tan gloriosa 
acá dejáis; 
aunque esta vida de honor 
tampoco es eternal ni verdadera,
mas, con todo, es muy mejor 
que la otra temporal
perecedera. 

El vivir que es perdurable 
non se gana con estados 
mundanales, 
ni con vida deleitable 
donde moran los pecados 
infernales; 
mas los buenos religiosos gánanlo con oraciones 
y con lloros, 
los caballeros famosos, 
con trabajos y aflicciones contra moros. 

"Y pues vos, claro varón, 
tanta sangre derramaste 
de paganos, 
esperad el galardón 
que en este mundo ganaste 
por las manos: 
y con esta confianza 
y con la fe tan entera 
que tenéis, 
partid con buena esperanza, 
que estotra vida tercera 
ganaréis." 

—"No gastemos tiempo ya 
en esta vida mezquina 
por tal modo, 
que mi voluntad está 
conforme con la divina 
para todo; 
y consiento en mi morir 
con voluntad placentera, 
clara y pura, 
que querer hombre vivir 
cuando Dios quiere que muera,
es locura.

"Tú, que por nuestra maldad, 
tomaste forma servil 
y bajo nombre; 
Tú, que a tu divinidad 
juntaste cosa tan vil 
como es el hombre; 
Tú, que tan grandes tormentos
sufriste sin resistencia
en tu persona, 
non por mis merecimientos, 
mas por tu sola clemencia 
me perdona. 

Así, con tal entender,
todos sentidos humanos 
conservados, 
cercado de su mujer 
y de sus hijos y hermanos 
y criados,
dio el alma a quien se la dio, 
el cual la ponga en el cielo 
en su gloria, 
y aunque la vida murió, 
dejonos harto consuelo 
su memoria.

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